SERÍA EN 1992 ó 1993 -vaya memoria- cuando a la Diputación de León se le ocurrió publicar una revista juvenil, y de paso unas plaquettes con textos de autores jóvenes, o casi adolescentes, como era mi caso. Yo preparé unos cuantos ejercicios de estilo, entre ellos un collage con titulares de prensa, al estilo de los que hacía entonces Tino Melcón. El caso es que en la imprenta ocurrió algo, y me llamaron para que autorizase que el collage apareciera en negativo, es decir, con fondo negro y texto blanco.

         Fui a la imprenta a echarle un vistazo a la galeradas, y quedé encantado. Sería fruto de la impericia del encargado del laboratorio, porque el negocio estaba empezando, pero el caso es que la composición ganaba mucho con el cambio.

         La imprenta se llamaba Sorles (Sordos Leoneses) y se acababa de constituir gracias a los programas sociales para la integración laboral de minusválidos, así que la mayoría de los operarios padecían algún tipo de deficiencia auditiva -vamos, que casi ninguno oía nada, lo que no suele representar mucho problema, porque en las imprentas siempre hay un ruido de mil demonios-.

         El caso es que mientras charlaba con el jefe de la imprenta y la directora comercial -Violeta, una rubia de metro ochenta, a lo Loreto Valverde pero en tía buena-, me incomodó que el jefazo saliera cada tres o cuatro minutos del despacho y le pegara la bronca a cualquiera de los quince o veinte empleados que había en el taller. A la tercera aceifa del industrial, que se desgañitaba con dos mujeres de mediana edad que estaban con el manipulado de un catálogo, alzando, plegando y grapando, le pregunté a Violeta qué pasaba.

—Nada, esta gente, que se pasa el día charlando —me contestó con un suspiro.

—¿Y qué hay de malo en que hablen? —me pregunté yo en voz alta, seguro de que un poco de conversación entre compañeros sólo podía mejorar el ambiente?

—¿Que qué pasa? ¡Pues que son sordomudos! —repuso Violeta.

—¡Que hablan con las manos! —bramó el jefe, entrando en la oficina— ¡Y su trabajo es manual! ¡O sea, que mientras hablan no pueden trabajar!

Y así me enteré de dos cosas: primero, de que en la imprenta había un sordomudo muy majete, que se pasaba el día contando chistes (y que iba a durar muy poco en la empresa); y segundo, que casi siempre es mejor tener la boca cerrada… y las manos quietas.

 

 

EXTROVERSIÓN

 

 

 

 

Javier Menéndez Llamazares, "Con amigos como tú". Los libros de Camparredonda, 7 (serie verde). Prólogo de Gregorio Fernández Castañón. Con ilustraciones de diversos autores. León 2010

 

 

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