A la de cierta muchacha se parece tu sonrisa de ahora. Cuando más imperiosa es la longitud que media entre el sufrimiento y la desazón que suscita la mirada desconcertada o tétrica, bla, bla. No debes de ser tú la que retorna del mundo perfecto, ese caos inmediato que serena tu carne afanosamente lo mismo que una piedra arrojada por el niño inexorable, el último niño que te dio las gracias por subirle al tren en las costillas. A cierta muchacha te pareces, réproba. Todo lo demás está ausente. El sonido que apenas se percibe, el dolor, que nadie lo remedia tampoco hoy a este paso, la felicidad transeúnte, la última vez que le respondiste al pasar te venero. Ni siquiera se produce cerca del corazón inquieto la misma incertidumbre, siempre con una redondez inusual en la voz que él no recuerda, así tendría que ser el deseo que falta: un monte encadenado que no importa quemar como si fuese el día de los desequilibrios y la noche de los huérfanos. Qué horror.

 

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