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El niño colecciona cartones de cerillas. No es por eso por lo que entabla batallas cada vez más incruentas. O por lo que aparta de su pelo las hojitas de acacia, se mira los pies, está solo. Tú clavas las uñas en una superficie remota que no debería saberse, te afanas en ello porque no basta ser dócil, qué va. En la vieja galería coinciden flores rojas y amarillas y malvas. Y también personas mayores que gesticulan y gritan. Se podría asegurar que hoy es un día espantoso. Ella repasa las lanas del jersey y transpira ensimismada, la observas con el amor más desesperado que conoces. Los excesos no existen, no existe ni siquiera la infancia, no existe el vacío que brota de la pared como una letanía inventada para herir. Cerca de nosotros, la Sadi. Para que tus manos dejen de ser ahora mismo magníficas, para que tragues la carne sin asco, no insistas, en sordina sobreviene el silencio. Cerca de nosotros, sin remisión y sin dueño, la edad tenebrosa. A partir de hoy seremos valientes, nos lavaremos la boca deprisa, quemaremos la cuadra de C.

 

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