1

Por aquellos días el tiempo duraba más de la cuenta, mucho más de la cuenta. A las pruebas médicas, fallidas casi todas en el trance de encontrar el origen taciturno de la fiebre, les sucedía el perfecto desorden de los sentidos. Estaban las visitas por la tarde y el cansancio del enfermo a la hora de querer hablar con ellas y no poder hacerlo, a la hora de tener que oír intrascendentes conversaciones sobre la salud y sus pérdidas irremediables y después hartarse, y también, por último, el rigor muy profesional del personal sanitario, la más pura metáfora. Estaban ellos, ellos sí cada día, como una proporción deseada que habría de terminar con tristeza alrededor de las nueve. Los dos eran lo único cierto de aquel pasadizo hacia lo irreal, el temor y la increíble, o no tan increíble, locura. Después se presentaba El De Las Grandes Orejas con sus habilidades ya conocidas y sus palabras y sus labios secos, seguido del poblado coro de anunciantes.

– Debe de ser muy tarde.

– Mañana moriremos.

 

2

Imágenes para irse olvidando ya de ellas. Como las sombras desproporcionadas de un sueño que hacen llorar con hipo y sin vergüenza. Imágenes rotas que tú mismo has dibujado con exagerada lentitud para tu propio e inmenso dolor.

Te basta con saber que ha sucedido. Días y noches que producen la angustia obligatoria y necesaria para detener sin más una tormenta, para parar un carro ardiendo tirado por tres niños que gritan el nombre impronunciable de Plum.

 

3

Tantos y tantos libros que olvidar ahora, cuando las manos no sirven ya como él quisiera. Ni para las caricias, ni tampoco para el consuelo. Ella le pasa las hojas del volumen con ternura y a veces con sumo cansancio: la vida recuerda entonces sus desfalcos y mira desde arriba sus cuerpos con un placer y un rubor desmedidos. La muy puta.

 

4

La única manera de saberlo hubiera sido el encuentro con él cara a cara, tal como yo pedía de aquella y nadie me hacía caso, ahora bien comprendo por qué. Todo lo que escuchaba allí, todo lo que creía escuchar allí, las acusaciones y los insultos, las risas y la sempiterna humillación, sospechaba que se hubiera podido arreglar con un poco de entendimiento y de diálogo. Mal entendimiento y diálogo, ahora que lo pienso, podría haber entre espectrales idiotas, innumerables huecos en la pared y la mente desasida de alguno que otro. Y a saber hasta cuándo. ¿Por qué a mí? ¿Por qué ese ensañarse con mi debilidad, echado en la cama totalmente inmóvil y sin poder defenderme frente a su grandeza? Recuerdo que en cierta ocasión llegué a hablar con ellos justificando alguna acción que me imputaban, y sinceramente espero ahora que aquellas réplicas sólo hubieran sido fruto de mi imaginación. El cúmulo de fotos y pliegos clavados en la pared acusándome de algo imposible y feo, las conversaciones que mantenían cerca de mi lecho en tanto a él se le suministraba su metadona de rigor, la desazón producto de un secreto inmenso… Cuanta más memoria hago más difícil se me hace no confundir la barbaridad, aquella barbaridad mía, con unos rasgos muy alargados y terribles.

 

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