Jueves Santo, soberbia pasión desenfrenada. La bocoy, brindándosenos en las esquinas del patio, vestida con guardarropa de esgrimista de florete zurda, desgañitada y ojerosa, se sabía blanco de atención de nuestros prepucios, de nuestras podredumbres. Si fuese imperativo, testificaré cómo mi vecino de cuarto la poseía entre grandes trances y congojas grandes y, cuando los dos hubieron retozado consonantemente, el hombre se desplomó sobre el alpiste que maduraba entre las junturas del adoquín y, ya en la gloria, se rompió la crisma. Pereció en seguida, el pichalarga. Ipso facto, la madre Laurentina se puso las bragas con lo de atrás para adelante y se alejó a refrescarse a la fuente de agua cenagosa del portón. La vimos encaminarse hacia allí sin ligereza, entre eructos, risas y rosarios, afeando su conducta. Cómo no.

 

Luis Miguel Rabanal, de Elogio del proxeneta (Ediciones Escalera, 2009).

 

 

En Crónicas para decorar un vacío y en Hank Over.

 

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