El señor Avellaneda me abruma con sus atenciones una vez más… Tal como sigue:

 

 

VIERNES 19 DE FEBRERO DE 2010

Dice Tomás Sánchez Santiago en el prólogo de “Mortajas”:

 

Hay una estirpe atroz de libros que llegan a las manos como llegaría a una taza de café una lágrima fulminante de cemento: lo seco flotando sobre lo amargo.”

 

Y esto es el comienzo de un impresionante prólogo al último libro en mano de Luis Miguel Rabanal. Y por no añadir aquí el resto del prólogo ni un amén, escribo la doble maravilla que supone cada libro de mi largamente admirado Luis Miguel Rabanal. Tan largamente como insuficientemente admirado. Y en esta última admiración cargo la cuenta de la amistad con que me honra. Lo que no dice Tomás Sánchez Santiago es que hay palabras como estas de “Mortajas” que sólo pueden ser de pueblo, y antiguas, palabras que casi sucumbieron hace dos generaciones, bueno, en mi tierra hace una porque aquí todo va más atrasado.

 

El libro. El libro que he pasado y repasado palabra a palabra ha sido mi delicia desde que lo recogí. Tanto que aunque me urgía yo mismo a terminar estas líneas, me hacía valedor de la simple disculpa: “Otra lectura. Sólo otra. Lo leo otra vez y ya, me pongo”. Y así, una tras otra, finalmente he conseguido agotar el plazo, los plazos. Hoy toca decir algo de “Mortajas”. Y, como siempre que esto ocurre, no es sencillo porque los poemas de Luis Miguel siempre me dejan con el aliento justo para la siguiente respiración, no para escribir.

 

Me parece que este poemario es como el repaso final de los paisajes esenciales del escritor, los de su infancia dejada, pensada, revivida y redimida: Ceide, el Ariego, la Piedra, Valdeluna, todo Olleir. Es una metáfora con frío de musgos que le sirve al poeta para maldecir las palabras, esas mismas palabras que dice para olvidar y cuyo destino es el de andar perennemente los pasos de un recuerdo preciso y amargo y muy tuyo y tan mío que no le encuentro los perfiles de la distancia poética ni de las vivencias embalsamadas en un tiempo que invade cada pausa, que habita cada cadencia.

 

Digo Llueve inmensamente

como en los días útiles.

Cuando el desamparo era inmisericorde

y te amaban sin fin.

 

Y al callarme únicamente siento que estas palabras que son mías las haya escrito Luis Miguel. Y únicamente siento que las dimensiones del placer y del dolor, de la alegría y de la amargura, en sus manos, son las rayitas de una regla escolar. Y la realidad es un centímetro de nuestra piel que mantiene los gozos más antiguos en el sitio del sufrir, o al revés.

 

Y sigo Él era un niño que busca

en Montecorral su sombra.

Nueve ventanas para ella,

 

Ya está. A mí también se me acaba de caer todo el pasado encima o a lo mejor sólo los recuerdos que me brindaste.

 

Te reconozco en cada palabra, aunque estas vienen más desnudas, más exactas y feroces, como si nada importara después de haber sido dichas. La mot juste y tengo ante mí la declaración vital más poderosa que tiene la poesía de la herida inacabada que redacta Luis Miguel, poesía para olvidar, poesía para olvidar el valor despreciable de las palabras a la hora de expresar.

 

Y concluyo Nos quedan tantas cosas

por hacer, el contagio de mi voz

por su silencio.

 

Lo dicho, todo lo demás son palabras para olvidar.

 

 

Publicado por AVELLANEDA en 00:40 

Etiquetas: NOVEDADES DIEZ

4 comentarios

 

 

 

Pepe Pereza reproduce en su blog esta misma entrada.

 
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