1

El espacio reservado para la premonición de la muerte y cosas así, ese pequeño mundo donde en un momento dado se encontraba diseñado tu final como en una película pésima, era ni más ni menos que el plafón que ocultaba las barras fluorescentes del techo. En la penumbra de tu box, con sólo mirar arriba mientras la fiebre manifestaba su sopor y la reiterada falta de sueño, figuras brillantes comenzaban su paseo únicamente para tus ojos. No sabías de qué forma, acaso con la media voz empleada por las auxiliares para ocultarse mejor, pero te habías enterado de que la máquina podrida de tu cuerpo no aguantaría cuatro días más siquiera. Atrás quedaron las visiones con los juguetes de M. Ahora era otra verdad la que mirabas: niños que danzaban en prados irreales, niñas vestidas de blanco con su abuelo de la mano por similares caminos a los tuyos, los de Olleir y la lejana felicidad maltrecha, puertas que se abrían resplandecientes y dejaban entrever una luminosidad sospechosa. La muerte estaba allí, sobre tu cabeza, diciéndotelo todo de una manera tan perfectamente nítida.

 

2

Y aunque hoy no venga demasiado al caso, al tercer o cuarto día de encontrarse en Urgencias, mirando fijamente a los ojos de Mariona, vio cómo un niño pequeño surgía de su lacrimal y era hermoso contemplarlo allí, entre su ojo y la gafa, tan diáfano y diminuto como una alucinación, y era hermoso verlo también como si fuera su hijo hasta que se dio cuenta de que el niño lloraba y no era él, pero así y todo le produjo una tremenda inquietud y apartó la vista con tristeza.

Días para asirlos con toda la ternura del mundo y después llevarlos al Monte de Acebos y, una vez allí, dormirse sin contemplaciones, contar las gotas heladas que caen de las ramas heladas de los árboles, mirarse desde dentro y advertir el cuerpo que definitivamente ya no existe.

 

3

Hace un calor que extraña tener sin más ni más en época de fríos tan intensos, huyes de la cama como si fuera de ella estuviese tu salvación y no es así. La pesadez se instala en tu carne y desde la silla dictas frases repletas de agobio y carentes de sentido. No escuchar a Madredeus esta tarde no es ninguna afrenta todavía. Prefieres reflexionar sobre el malestar que baja de tu cabeza hasta los pies para echarte pestes y concluyes de nuevo con palabras que, es más que probable, nadie leerá.

Seguramente por todo ello, para mitigar estos ardores, él se compra una colonia de mayor y se suscribe a una colección de historias bélicas en Dvd que más adelante se descubrirá que es un camelo. De este modo cree haber avasallado el muy inocente, por lo menos un poco, al tiempo.

 

4

A todas horas era vigilado por aquella cámara de pacotilla y papel que emplazaron disimuladamente para tapar la rejilla del techo. Claro está, nadie más que yo reparaba en ella y R. y los otros me contestaban palabras amables ante mi insistencia a que no se rindieran y para que miraran de nuevo. Estaba convencido: sobre mi cama el espía desplegaba su inmenso poder con el destello del artilugio desde primera hora de la mañana hasta la hora hipotética del sueño. Todo cuanto se dijese allí se grababa para ser reproducido en unos segundos ante el grupo de expertos y al rato me lo hacían saber entre carcajadas y murmullos.

 

5

Daría la vida por tener ahora sus manos en las suyas. Al pensar de esta manera se le pone una cara estúpida, cree haber descubierto de par en par el paraíso. Mira a la pantalla y relee una y otra vez, daría la vida por tener ahora sus manos en las suyas, y a lo mejor bosteza sin quererlo y se le pone de gallina la carne y alcanza a recordar aquello aparentemente ya olvidado. Pero no.

Daría la vida por tener ahora sus manos en las suyas…, dice.

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