PROSA DEL TRANSIBERIANO Y DE LA PEQUEÑA JUANA DE FRANCIA

 

 

dedicada a los músicos

París, 1913.

 

En aquel tiempo yo era un adolescente

Apenas tenía dieciséis años y ya no recordaba mi infancia

Estaba a 16.000 leguas del lugar de nacimiento

Me hallaba en Moscú, en la ciudad de los mil tres campanarios y las siete estaciones

Y no me bastaban las siete estaciones y las mil tres torres

Porque mi adolescencia era tan ardiente y loca

Que mi corazón, alternativamente, ardía como el templo de Efeso o como

la Plaza Roja de Moscú

Cuando se pone el sol.

Y mis ojos iluminaban antiguos senderos.

Y yo era tan mal poeta

Que no sabía llegar hasta el fondo de las cosas.

 

El Kremlin era como una inmensa torta tártara

Crujiente de oro,

Con las grandes almendras de las catedrales inmensamente blancas

Y el oro empalagoso de las campanas…

Un viejo monje me leía la leyenda de Novgorode

Yo tenía sed

Y descifraba caracteres cuneiformes

Luego, de pronto, las palomas del Espíritu Santo volaron sobre la plaza

Y también mis manos alzaban el vuelo, con susurros de albatros

Y esto era las últimas reminiscencias del último día

Del postrer viaje

Y del mar.

 

No obstante, yo era un poeta muy malo.

No sabía llegar al fondo de las cosas.

Tenía hambre

Y a todos los días y a todas las mujeres en los cafés y a todas las copas

Habría querido beberlas y romperlas

Y a todas las vitrinas y a todas las calles

Y a todas las casas y a todas las vidas

Y a todas las ruedas de los coches que giraban como torbellinos sobre

los malos empedrados

Habría querido hundirlas en un gran horno de espadas

Y habría querido moler todos los huesos

Y arrancar todas las lenguas

Y licuar todos esos grandes cuerpos extraños y desnudos bajo la ropa

que me vuelve loco…

Presentía la llegada del gran Cristo rojo de la revolución rusa…

Y el sol era una inmensa herida

Que se abría como un brasero.

 

En aquel tiempo yo era un adolescente

Apenas tenía dieciséis años y ya no recordaba mi nacimiento

Estaba en Moscú, donde quería alimentarme de llamas

Y no me bastaban las torres y las estaciones que cubrían mis ojos de estrellas

En Siberia rugía el cañón, había guerra

Hambre frío peste cólera

Y las aguas fangosas del Amor arrastraban millones de carroñas

En todas las estaciones veía partir todos los últimos trenes

Ya nadie podía salir porque no se vendían más boletos

Y los soldados que se iban hubieran preferido quedarse…

Un viejo monje me cantaba la leyenda de Novgorode.

 

Yo, el mal poeta que no quería ir a ninguna parte, podía ir a todos lados

Y también los comerciantes todavía tenían dinero suficiente

Para ir a intentar hacer fortuna.

………

………

 

 

 

Del libro Poesía completa. Ediciones Librerías Fausto, Biblioteca de Poesía Universal. Buenos Aires 1975. Traducción de Víctor Goldstein.

 

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