-Nadie lo sabe con exactitud -me respondió uno de sus cofrades-. Aunque yo escuché a don Pedro Argüelles decir que se debe a un milagro. Al parecer, procedente de Asturias, una mula transportaba la imagen hacia algún lugar desconocido: Villablino, Ponferrada… Quesei yoe que. Pues bien, al llegar, justo al lugar donde se encuentra su pequeña capilla, la mula, tozuda ella, se negó a seguir adelante. La forzaron, le zurraron la badana, pero "ná”, de "ná". La mula "so”, en vez de "arre”. Que no, que no había manera de que continuara su camino. Solamente cuando le quitaron las alforjas donde iba la imagen del Cristo crucificado, la mula, sola, entonces sí, comenzó a andar. Extrañados de la actitud del animal, se pusieron a pensar y… cayeron de la burra: lo que el animal pretendía decirles es que la imagen que transportaba quería quedarse en el pueblo de Caboalles de Abajo. Así fue como decidieron hacerle allí mismo una pequeña capilla. Pequeñísima capilla, como ustedes comprobarán.

         Lo comprobamos unos minutos más tarde, claro que sí. La capilla, ciertamente, es tan pequeña como llena de encanto. Su retablo es barroco del siglo XVII y las dos tallas, situadas a ambos lados del Cristo, pertenecen al románico tardío, siglos XI y XII. El Cristo de los Mineros no estaba en su hornacina, por lo que preguntamos cuál era el motivo. La respuesta que nos dieron fue que desde el Domingo de Ramos -todos los Domingos de Ramos-, la imagen se encuentra en la iglesia parroquial para preparar la procesión del Viernes Santo. También nos dijeron que esta imagen corresponde a finales del siglo XVII, principios del siglo XVIII y que, además, antes fue venerada con los nombres de Santo Cristo de la Vera Cruz y Cristo de la Misericordia.

         Este dato, precisamente este último dato, que yo ya conocía, fue el que me acercó, el que nos acercó, a Caboalles de Abajo. Y lo hizo porque una simple imagen, sea de cartón, de madera, de mármol o de oro macizo, no logrará mover jamás una montaña si el pueblo, en este caso un pueblo minero, no la lleva subida en las andas que empuja un único corazón, por encima, incluso, de los mandatos impuestos por la Iglesia.

         Fue a mediados del siglo pasado cuando el Cristo de la Misericordia, por acuerdo de todo un pueblo, el pueblo de Caboalles de Abajo, pasó a denominarse el Cristo de los Mineros. Desde entonces, los mineros lo han aceptado como suyo y, sin sacarle de su capilla, le han llevado con ellos a la mina para que el trabajo…, un trabajo tan sucio que asfixia y cabrea; que te va reventando por dentro y que te hace sudar… polvo negro, como el carbón que se ha de arañar de las entrañas de la tierra con uñas bien afiladas y un par de huevos, pensando únicamente en el jornal que se ha de llevar a casa para mantener la familia. Un trabajo… ¿como otro cualquiera? Pues no. Porque estás sepultado en él y porque vas respirando… una muerte traicionera que te acecha allí donde menos te lo esperas. El maldito grisú, las inundaciones, las explosiones incontroladas, los derrabes… Un trabajo donde los accidentes laborales, a lo largo de la historia, han llenado el cementerio de luto y han puesto lágrimas y título (de viuda) a más de una mujer; a todo un pueblo. Sin embargo…

 

 

 

Por Caboalles de Abajo un Viernes Santo

 

 

Gregorio Fernández Castañón, "Ríos de pasión y fuego". Edición especialísima, pero que muy especialísima, del autor. Colección Narrativa lúdica/experimental. León 2009.

 

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