Muchachas hundidas,

sentadas al borde del tiempo

y fumando a ciegas su pitillo.

De nombres imposibles

y con senos puntiagudos

hablaban de un hombre que sin tardar

vendría de mañana a poseerlas.

El ansia hirió sus labios una vez

y las caderas sobraban,

y así tampoco eran dichosas.

Desde aquel día dibujan

sobre el aciago cristal promesas.

 

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