Alrededor de la casa vieja los hermanos cumplen en orden el tiempo que les toca, viven su niñez como cualquiera y se reprochan a diario no ser más felices. Desearían juegos que dijesen de su soledad cosas probables y caídas en el camino, con sangre en el codo y arena en los labios.

A veces los hermanos, incluso el pequeño, despiertan en la noche helada y se alborozan, o eso querrían cuando la lumbre enciende su calor y alguien en la casa canturrea, da igual diciembre, y sorprendidos se miran como jamás desde entonces lo han hecho. Y de alguna manera saben que los quieren.

Lo mismo que transcurre la vida sin darnos apenas el sentido, así los hermanos eligen el disfraz para marcharse. Cada quien se viste para su enojo: ellas imaginan ciudades con carteles de cine, él un hospital de calladas luces rojas que cortará su cuello. Sin embargo la casa, tan deshabitada y triste, recuerda sus disputas y su voz que pormenoriza una fábula hermosa.

La de aquellos hermanos que se amaban y un día sus cuerpos fueron hallados, desnudos, con mordeduras azules, en Elsenderocorto, y nadie quiso nunca conocer ya nada.

Detrás de la casa, en el huerto que él humedecía con trabajo al atardecer, se encuentra escondido todavía hoy un tesoro. Cajas de latón con cartas ilegibles, cartones de cerillas repetidos, un libro de misas, recortes de las telas de su madre, caimanes secos. Allí el universo se detuvo, por fin. Y estabas solo.

 

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