Un hombre de riguroso luto, tapado como para salir durante una helada, estaba detenido frente a la entrada, a unos pasos del umbral, junto a un joven groom que llevaba, en cambio, una librea de verano.

El ayudante, a quien, antes, durante nuestra parada frente al enfermo, habíamos visto pasar, bastante lejos, dirigiéndose hacia la derecha, salió de repente del vestíbulo enlosado, y dándonos la espalda se alejó rápidamente de nosotros, siguiendo la fachada hasta el final, hasta desaparecer por la izquierda.

Echando la cabeza atrás, pudimos ver cómo alcanzaba, corriendo, la celda focal.

Vestida con un elegante y ligero equipo de playa, una hermosa joven, cuyas uñas, fascinantes, destellaban como espejos a cada movimiento de sus dedos, salió a su vez del vestíbulo seguida por un anciano con librea de hotel, que, apenas había atravesado el umbral, la detuvo entregándole un pliego.

A pesar de una rosa de té que sujetaba por la mitad del tallo, la joven tomó la carta con su mano derecha, más libre que la otra, en la que sostenía a la vez sombrilla y guantes.

Sobre la carta, gracias a nuestra proximidad, distinguimos la palabra paresa que era la única escrita en tinta roja.

Evidentemente turbada por algún detalle de la misiva, la seductora joven, como despertándose de repente, tuvo una sacudida que la hizo pincharse con una espina que todavía quedaba en el tallo, oculta, entonces, entre la envoltura y su pulgar.

Como si la vista de su sangre, que maculó de repente tallo y papel, por alguna razón secreta, la hubiese impresionado más de lo razonable, soltó, horrorizada, los dos objetos mojados de rojo y entonces, inmóvil, hipnotizada, se puso a mirar fijamente su pulgar, medio levantado en aquel momento.

Las palabras pronunciadas por ella: "en la uña… toda Europa… roja… toda… entera…" llegaron hasta nosotros gracias a un ojo de buey, que, sin ninguna diferencia con los anteriores, estaba aquí también abierto sobre la pared transparente; estaban provocadas por el mapa del cristal, que destellando por el aire detrás de ella a causa del falso rayo de sol, se ofrecía a su vista en la superficie de su uña que tenía tan prodigioso poder de reflexión.

Inmediatamente después de su caída, el anciano había intentado recoger del suelo el pliego y la flor ensangrentados, pero, octogenario al menos por su aspecto, no pudo, falto de agilidad, inclinarse lo suficiente como para alcanzarlos. Dirigiendo su mirada sobre el groom le llamó con esta romántica palabra: "Tigre", señalando la acera con el dedo.

 

 

 

 

De su libro Locus Solus, Seix Barral, Biblioteca Formentor. Barcelona 1970. Traducción de José Escué y Juan Alberto Ollé.

 

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