Se cansaría de correr en pos de algo inconcreto, la imagen cenicienta de aquel hombre amenazado, el borde del río que baja hoy revuelto por las lluvias. Erguido sobre el muro, ante sus pies, el agua es la salvación para su pena grande y se lleva las manos a los ojos porque llora.

Hace ya mucho que desea morir arrojándose al pozo que más cubre, hace tiempo que busca allí la osadía y admite temer el frío que pronto será su compañero inseparable. Si se pudiese acordar de cuándo comenzó el dolor a formarse limpio en su cabeza, si fue solamente ayer o un lunes descorazonador de agosto, cuando se bañaba con los muchachos en esta misma orilla y escuchó las voces.

De pie, el mundo que observa no decrece, no oye las palabras de la madre llamándolo a cenar, es agua que fluye y es la misma que enlodará sus párpados. Nadie es culpable del oficio que dicen tener los niños suicidas, aunque sea escasa ya la luz y en el monte los lobos anuncien su mortaja en los gritos de los hombres y mujeres que cubren su rostro con cal viva, angustiadamente viva, en el escaño.

El agua del río custodia del todo su secreto. Su ropa, amontonada bajo el nogal donde guardaban en verano las toallas, explica el temblor de quien hace caso sólo de su sorna y nos mostró su predilección por la belleza irreal de lo funesto. Su vida tuvo un serio contrincante, la muerte inasible en la profundidad del río, qué demonios.

Y también la memoria que no puede ser útil si no es con la renuncia que dibujó una cruz allí, desde su salto.

 

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