No es necesaria la luz, susurraba el alquimista. Con los ojos sellados se viaja a la felicidad y al terror, como el puente que une la noche a los vigías, aquellos personajes fatuos que añoraban la selva o el desorden. Tú viniste a consolar horas de desdén imperioso, te sentabas conmigo y juntos arrancábamos las hojas del último almanaque de la infancia. Qué dulce incursión en mares de arrepentimiento, en feas callejas de difícil estatura y arcabuces mudos.

Pero no importa, creabas maneras de acompasar el tiempo con tus manos libres y soñabas con ella, te dejabas matar en un momento de lluvia, aquella lluvia esplendorosa que anunciaba el fin de lo convencional, y te creías actor diminuto de la farsa. Te llamabas Trueno y era hermoso aguardarte en la escalera de Ángel. Toda la noche embrutecido, amenazado por Blime, el dos caras, y llevando la aventura a la sospecha de una casa ardiendo. No era de nadie y lees por primera vez cuanto has esperado encontrar en el cofre sin ceniza de la sorpresa.

Días y días aquí solo, escribiendo contra uno mismo: ¿es esto mi vida? Pero no importa. Que consientas, cuando menos, en bucear desde ahora aquel océano encrespado que los veleros surcaban con desgana y luego podrás vencer a Krater, el incestuoso Krater, y decir que ya perteneces a la pandilla de D. No eres tú el más pequeño, hay quien te confunde conmigo y sabe la verdad, tan poco generosa. Quiero verte en tu silla con el libro del capitán Singleton cerrado, no es la luz, ni siquiera es necesaria esta luz…

 

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