La mano se aferraría a aquello que da placer y sin embargo se esconde en la despensa como si fueran otros quienes saben discernir el peligro, nunca él, que vagabundea la calle solitaria de la Estación y que rompe a patadas los cristales del comercio y no quiere irse.

La gitana toma entre las suyas su mano temblorosa. Reconoce tener miedo al sentir la caricia de la anciana y maldice en voz baja su aprensión, su sobresalto, cuando ella le confiesa haber visto allí algo sumamente confuso y a la par interesante. Vivirás trece años, ni uno más, y los vivirás con prontitud. En una mano se ve el infinito pero también la condena.

La línea de la vida se cruza con postillas viejas, yo te prevengo de alguien que vendrá a buscarte. A veces es verdad que uno siente tanta lástima por aquel amigo que se marchó sin anotar su dirección y, lo que es peor, sin devolver los cuentos. Parece que todos dejemos llevar algo nuestro si, a cambio, nos recuerdan.

De pie, junto a la acacia, se maravillaba el niño con la voz recia y vinosa de la adivina, se preparaba para el partido de fútbol contra los machotes de Vega y no pensaba más. ¿Acaso las palabras no tienen corazón? Y el verano, ¿no es el mes más inolvidable? Es el día de hoy y aún no nos explicamos cómo sobre el pupitre, una tarde umbría y harta, Manuel se quedó dormido.

Para siempre.

 

 

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