(De nuevo, una entrada de Elogio del proxeneta pasa a formar parte de esa reunión de poetas y bandidos, de héroes y santos, de niños grandes y de rubias, que es la Niebla. Gracias, xen.)

 

 

 

 

viernes 25 de enero de 2008

elogio del proxeneta: 4 de enero/luis miguel rabanal

 

 

Ahora, precisamente ahora, se me vienen encima. Las palabras finales de Bar-Elemig Lana que pronunció, en tristísimo balbuceo, la tarde de su muerte. Cara a cara, en el almacén de coloniales de S., me examinaba con tanta sorna que me sorprendió su queja. Nos habíamos tragado la niebla y el alcohol de la ciudad durante varias noches seguidas y rodábamos en medio de los amedrentados transeúntes. Ya no jarreaba más, por fin, y el vaho de su aliento dibujaba oscuras formas de hembra arrodillada sufriendo el orgasmo más lento imaginable. Bar temblaba porque se notó ebrio de cojones y presentía que su cuerpo vagaba en la noche de espectros descarriados y su expresión se transformaría en un clamor que promete orden donde hay incoherencia y dolor donde sólo concurrió la enfermedad. Uno no siempre consigue preservar a los que verdaderamente ama. Arrojaba Bar el hígado brutal, tosía su pulmón a ritmo de bolero y de estiletes, se me colgó del hombro su fatiga que era el fraude de la edad que se extinguía con apuros. Se doblaba y lamía el suelo. Me llamó amigo mío y yo lloré porque la normalidad se finge a las puertas de una casa con calor donde la compañera con rulos que no fuma nos aguarda sentada tejiendo e impaciente, y nosotros de aquella fuimos fugitivos de la obediencia. Cretinos, eso éramos los dos. De su frente manaba el pudor que nunca tuvo, un miedo que paraliza y aconseja rendiciones, como la ternura ilusoria que padeces. Al rato de haber eyaculado contra una pared tan muda ante la boca repletísima de asombros de tres muchachas adorables, y al vernos partir tambaleándonos por la desolada Avenida del Garrote, se fijó en mis ojos, fieramente, él, mi camarada Bar-Elemig Lana, El Turco, como lo llamaban las lobas pardas, y me habló en voz queda, con la melancolía aprendida en las callejas que moteaba la juventud con un color magenta extravagante: El café con leche me reventó el estómago, me muero de ganas, bésame en la nuca…

 

 

uff… y yo no me perdería la entrada del 6 de enero… ni ninguna… ya sabes: el elogio del proxeneta (agujerito lubricado en la niebla)

 

 

Publicado por xen Vinalia 17:21   

Etiquetas: Luis Miguel Rabanal

 

 

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