Vivir no era otra cosa

SÓLO ES REAL lo recordado, dice
mientras tose y sus dedos tiemblan,
y después se aflige como un niño torpe
que camina el borde del mar
y es junio.
En la otra orilla hay muchachas
que desnudan su siesta
en la tarde que se viste de oscuro.
Como un ciempiés llega la lluvia
a borrar de esas bocas pintadas
el carmín del hartazgo.
Sólo la memoria
se te aparecerá en los ojos, le dice,
cuando ya nada importe y sepas, al fin,
por qué rompiste el maleficio.
Vivir no era otra cosa.

En la revista Azharanía

QUEDÁNDOTE EN CASA no puedes llorar a gusto.
Nadie se atreve a preguntar cómo es
tu pelo, si ha venido la noche
o si esos gatos tremendamente añiles
no comen nunca a no ser en tus caderas
de arena blandísima y dulce.
Yo me digo si es verdad que recuerdas tu vida
al paso muy lento de los autobuses,
las argucias de aquel viejo cobrador
besándote en silencio si llorabas,
o el hule blanco de tu abrigo
que nos avisaba de la prontitud de la nieve.
( Alexandra es pequeña y su perfume
abarca la edad, las velas de aniversario
y los raídos misales de Roli. )
A menudo me recuerda la casa
de otro tiempo, la que no existe,
o el amor que termina.

.
Mi aportación en la revista de poesía Azharanía, n.º 7, Castellón, noviembre de 2014.
— Aquí se puede leer en Issuu o como se diga: https://issuu.com/eloysanchezguallart/docs/az-7/1?e=0

Ganglio centinela

A la que falta portada

.

El desprecio no sirve para dormir
con las ventanas cerradas,

ni para dar sabios consejos
al que no termina de mostrarse.
Sorben el alcohol exigido,
aparta su ropa de la silla
y aún le aflige ser cruento
con la imagen de la madre
que acepta su suerte.

(Cristina cose faldas,
escucha la novela en la radio.

Los tres aguardaban discursos
ociosos puestos en boca
del más remolón).

La galería y al fondo del monte
otro monte turbador que averigua.
San Isidro y la miel.

Quién iba a pensar
que no estaríamos juntos
para conmemorar fechas
difíciles. Un domingo como hoy
lejos de ti. Quién me acaricia
con bondad el pasado

como si fuera un embuste.

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De “A la que falta”, Editorial Origami, Jerez de la Frontera 2013

Tres inhalaciones en Bebiendo versos

Rabanal_tres_Inhalaciones_alta
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CESARE PAVESE SE CANSA DE ERRAR

la mujer le muerde los cabellos
C. P.

Los poetas adquieren rutinas curiosas
a lo largo del día, estudian con ahínco
la brevedad del ser y otras maravillas muy útiles,
se portan mal como nosotros
lo habíamos planeado una vez en los baños
del cine.

Algunos incluso sobreviven dictando
sonetos, oh jovial infiernillo, a la obtusa
memoria del magnate del ocio.

Los poetas se aplastan la frente contra lexemas
dorados y no dicen ni mu, pero a veces recuerdan
también que tuvieron en sus labios una clara
percepción de haber sido otros.

Los poetas se hincan cristales en las entrañas
los domingos con poca angostura en tanto,
en la jaula del segundo, el ruiseñor, luscinia
megarhynchos, entona en silencio.
¿No es reconfortante esta impetuosa equidad?

Los poetas orinan en sus manos en sueños.

.
Gracias, Magali. Aquí se puede leer el texto previo y el poema: http://www.bebiendoversos.com/2014/11/bebiendo-los-versos-del-poeta-de-ollier.html

En Radio Vitoria

http://www.eitb.com/es/get/multimedia/embed/id/2720508/tipo/audio/

Gracias, Patricia. http://jaulapajaros.blogspot.com.es/2014/11/rapsodeando-luis-miguel-rabanal.html
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Nadie está conmigo, solamente el ruido del mar que
tampoco es el ruido del mar que conozco sino el de
otra quietud que embrutece escribir.
Nada sabe mi lengua de tu lengua y sin embargo hubo
alguna vez un deleite estremecedor y austero que ya
no recuerdo.

La casa se asombra entre las llamas y nadie está
conmigo, por casualidad arden mis ojos y llueve mucho
afuera y nada puede ser si tú previamente no lo
invocas.

Nada ha cambiado en aquel cuerpo que no me atañe y
requiere de una bondad similar a la tuya.

Parece embuste esta compasión.

Llegan de muy lejos los pájaros…

Un poema de Carlos Alcorta

[Imán]

El centro de la expectativa es un cuerpo en llamas, abrasándose entre mis manos. Lumbre temblorosa, en suspenso, que viene a mí desde su elevación, reflejada en la piel oscura como si fuera un cielo de tormenta, levantando arbitrarias fumarolas evanescentes sobre un horizonte mancillado por el pensamiento. Alzo la vista hacia el mar que me contempla, ondulado y perezoso, solidificando el instante en mis ojos desacostumbrados a tanta plenitud.

A esta hora el sol es un centro que se absorbe ensimismado hasta el origen, se succiona. Desde su altura infinita, desde su puro calor hiriente licúa la inicial consistencia de la carne, y la falta de luz que reina entre sus replegadas formas confunde espacio y volumen con las sombras que provoca su incendio. Cruje la blanca sal espolvoreada en torso y muslos cuando cambia de postura de descanso sobre la toalla, como cuando pasas las páginas de un periódico atrasado; revolotea igual que un insecto entre su curvilínea figura el aire satinado, como el que flota en un espejo antiguo.

La vida parece una burbuja ingrávida, un tiempo sin historia en el que un único deseo trata de encauzarla: sentir más allá de la razón, sentir sin comprender, sin buscar la verdad, sólo gracias al instinto.

Brotan, entre nubes, dentados perfiles luminosos que anuncian un cambio de estación, el ingreso en la realidad, en otro comienzo, pero de qué.

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Carlos Alcorta, “Vistas y panoramas”, Eclipsados, Zaragoza 2013

La fiebre oscura

1

Secretas palabras para no tener la obligación de identificar al culpable. Mi despropósito: conocer el sitio donde estuvo, recordar la mágica tragedia y devolver la cena sin contemplaciones. A fuerza de costumbres uno se enfurece, inventa los insultos más desapacibles y otra vez a comenzar de nuevo.
-Uno se desprecia.
Algún día, aún, las visiones de entonces quieren reproducir el ambiente de temor y sueño, de enfermedad y asco, que me asediaba. Basta con eso, hacer como que me iba, pero de dónde. Un lugar que nadie conoció o, mejor dicho, que nadie quiso reconocer, el olor de las camas o era el de la herida. Los juguetes pequeños de Memé, las batallas reproducidas en los ojos de par en par abiertos a lo que alguien rumiaba muy cerca de mí, la falsedad o no tanto.
Y ahora, mirando cómo se van completando los renglones de esta pantalla, casi temblando por enésima vez de miedo. Afuera hay sol. Las siete de la tarde y la playa, es probable, repleta de niños y mujeres, del mirón que se ofrece y de la muchacha triste por sus caderas grandes.

2

Te asoma la desesperación o algo similar por encima de las manos, en ese espacio muerto de las manos que no tienes, atribulado y necio, desde hace más de un lustro, qué cosas. Será el azar o más bien su falta de contemplaciones en el preciso minuto del desastre. Te ves mejor así, malgastando el tiempo en dictar tonterías como si de esta guisa te fuera a ser más fácil partir tu vida en dos. Alguien vigila denodadamente desde el mirador de aquella memoria inusual, por decrépita, alguien que conoces y que abrió un pasadizo en tu carne un día de septiembre.

3

Ahora toca adivinar qué circunloquios y disparates habitan su mundo. Precisamente hoy un pequeño conflicto con la úvula le lleva de la mano a los días perversos de hospital, la úvula inflamada entonces de forma exagerada y de extraña manera y lo que conllevó. A saber, una vez más, aquel hombre imprevisto mitad sueño mitad ogro, y las secuelas físicas que aún soporta. Pues bien, hoy no es nada terrible, según dijo la médico.
Nada tiene que ver y todo es menoscabado, llegan a sus ojos imágenes descarnadas y precisas que en un tiempo significaron inmenso pavor y soledad. Se le ve allí encogido sin siquiera poder encogerse, con calor, el calor de los encamados y de los que no se les baja la fiebre por mucha basura que les den. No aciertan todavía sus palabras a decir los lugares comunes que no holló, no por otro motivo que el de no haber estado allí jamás. Le parece.

Las paredes blandas

No había escapatoria, la muchacha salió de estampida de su cuarto y la luz de la terraza se confundía con las ganas de hacerle daño a la soledad: anda, otro rasguño de recuerdo, cari. Adentro, en la habitación fantasmagórica, el frío acondicionado no ayudaba en absoluto a recoger del pudor braguitas, pelucas azules y pulseras, ya iba siendo hora de que el tropiezo de anoche se borrara de su diario con una tinta tremendamente desigual. Los labios de aquella chica extraña, los pezones de aquella chica extraña, los lunares de aquella chica extraña, los brazos abiertos de aquella chica extraña. En su memoria aún se representaban escenas amables de cuando fue feliz, pero feliz sin ceremonias preliminares que lo único que añaden son fracturas del candor y vértigos malsanos. El amor no sabe de sandeces o lo que es lo mismo, bien mirado, el amor es una estupidez y la nostalgia un coño cerrado a cal y canto.

Panayoti Seretide cuenta hasta siete

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«Cortocircuitos, perfumes, candelabros».
P. S.

Himnos con los que no esperamos construir
arduos despojos sino lágrimas que no soporten
ni la llama ni el placer de los necios.
El del sudor de esos niños y la disciplina
insolente de las muchachas que gimen
sin pagar por sus labios monedas.
Porque no se habitúa a comportarse como
el que retuerce su piel y se hace poseer
por presencias que repelen el alma
con sueros nauseabundos.
Lo mismo que el dolor.

Así hasta completar la vigilia del hombre
que ha vuelto sobre sus pasos y averigua
la manteca rancia con que se ha saciado
en penumbra.
Es la muerte que tuve, le responde la muerte
que se acerca desfigurando a borbotones
su rostro, lo mismo que el dolor.

No es un fuego que trastorna la desidia
y traspasa nuestra carne con cicatrices ramplonas.
No es el principio ni el final que nos sueña
con asco, sucede en las casas menos polvorientas
cuando nadie ha venido a dormir junto a ti
sin más argumentos que apuntarse
en la mano estigmas, lunares.
Lo mismo, lo mismo que el dolor.

.
De “Tres inhalaciones”, Amargord, Helado de mamey, Madrid 2014

Destrozo 327

Se veía venir, te mostrabas así porque era cruel no hacerlo. Se notaba en tus ojos, la necedad era negarlo y constantemente negabas la ofensa. Mira a esa muchacha que cada tarde cruza el mismo puente de Losorrios, mira sus cabellos, te acordarás de ella y no vendrá la nube. Claro está que no todos los días puedes aceptar lo que es conmovedor, la cara de la abuela Rolindes y la triste aventura de haberse olvidado. Se veía venir, por la carretera vieja, la otra infección, la mala, la que de veras te va a hundir con su destrozo y su martillo amable.

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