Poema para chorlitos

V

Farolas

Al atardecer no está solo,
alguien garabatea junto a él palabras
en tanto las luces las dibuja
el estúpido duende del otoño.
Oscura ciudad en obras.
Bajo su balcón el mundo
corre y se estremece,
muchachas desoladas
o grandes niños temerosos.
Y de golpe la mortecina luz
clavándose en sus párpados
como traición y suspiro.
No se asoma nunca
al blando y terrible precipicio
pues teme ser despedazado por la fiera.
Él quiere, muy a solas, sucumbir.

 

A la que falta en Trianarts

A la que falta portada

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HABITACIÓN 114

La que falta, la que se rompe
siempre en pedazos a la hora
de la siesta. La que se agita al salir
de casa porque diluvia,
nada que alegar si no fuéramos
nosotros los otros.

Besa su frente y sobre su piel ordena
las gominolas restantes. No
más rezos al atardecer. Basta
de futuros aciagos, cuando
despierta y sonríe y es inevitable
conformarse con la vida
estragada.

La que ayuda a derramar
la botella de cera en el fuego.
La que amó lo indecible y se nublan
sus ojos. La que aguarda a que lleguen
antídotos, los más diminutos,
los que no sobrecogen.
La que falta.

La miras llorar. Escuchas la voz
de una sangre perversa. Tubos
con helado con que acompañar
las grageas marrones y ampollas
de orina. Se vuelve hacia ti.

Estás solo.

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Gracias, Concha.

 

La cólera de A.

Imagínate por un momento que el vendaval
y la noche han cesado.
Imagina los objetos cuyo parecido hallabas
en las nubes del cielo al pasar los aviones, puntos luminosos
casi al alcance de tus flechas de paraguas, y pásmate
de todavía estar vivo
después de haberse marchado la visita
y de haberse marchado la angustia.

Si lo prefieres camina descalzo por la casa
y guarda silencio cuando discuten, sin ti, los mayores.
Es muy poca cosa un niño aterrado
y bajo tus lágrimas jamás hubo un huerto como este.

Querías aventuras y sucios corsarios hundidos en el fango
con las piernas forgadas en madera de boj.
Buscabas en Valdeluna un nido de abubilla
porque decían de su olor nauseabundo,
y no obstante tu estatura no acababa de ser la adecuada
para el sano ejercicio del fútbol, ni para ser boticario
como deseaba Miguel.

Era más que suficiente tu enojo en la Arenera
y a todos escupías.
Hay que ser grosero para compadecer a alguien
que te evita y te insulta si lo tocas con suma suavidad.

Yo, lo que tú, me subiría al árbol del ahorcado
y desde allí menospreciaría la supuesta afección,
me daría bofetadas a mí mismo y azuzaría a los chuchos.
Al fin y al cabo ser pequeño ya es crimen suficiente
y enorme.

Ya a la venta “Tres inhalaciones”

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Editorial: Amargord
Título: Tres inhalaciones
Autor: Luis Miguel Rabanal
ISBN: 978-84-16149-17-9
Precio: 12 €
Fecha: abril de 2014
Número de páginas: 108
Colección: Helado de mamey/Punto verde
Diseño de portada: Juan Manuel Macías

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A la venta en la tienda online:

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y en tu librería acostumbrada.

 

A la que falta en Astorga Redacción

— ELOY J. RUBIO CARRO

La poesía contemporánea es lo que tiene, que apunta a un sentido íntimo del autor, del cual el lector puede no tener idea. La tarea entonces es perseguir cualquier huella, por mínima que fuera y proponerle un sentido. Así no resulta extraño que a menudo vayamos por un libro “tan a escuras como si leyéramos simas”. Esto puede ocurrir con ‘A la que falta’, el último libro de Luis Miguel Rabanal… Ya antes de entrar en el libro, enmarcado entre un prólogo de Ana Martín Puigpelat y un epílogo de Javier Gil Martín, quise pensar que ese título pudiera ser un divertimento y que ‘la que falta’ sería el ala que nos habría dejado al raso y presos del terruño, impedidos de ir de vuelo. Tanto dice ese título así visto que va a decidir lo que luego encontrara en su interior. Tres partes componen el libro: Cenizas, daños y desnevios. Solo en daños se utiliza la forma versal de la poesía; en las otras dos se hace prosa poética. Veintiún escritos componen ‘Cenizas’. Todavía la madre viva; pero en el ‘infame intervalo’ de verla ir muriendo. Son textos de una aduana del tiempo, donde el tránsito entre las vivencias se produce en libre evocación del autor. Hubo un tiempo, cuando ella convalecía, en el que su ausencia sería lo peor, la manera de no ser. Un futuro de dolor desde el presente dolorido; ahora evoca aquel pasado como sumamente doloroso, el duelo en su presencia, y la palabra aún era de verdad. Los requilorios del velatorio y las despedidas son un recuerdo alucinado. Tanto mayor es el desequilibrio entre la herida y la escueta venda que ni tapa la mirada. A partir de ese momento estaría fuera de sí (Al verse unido a sus amigos en el brindis que tienta la ceguera, para proseguir la vida entre los vivos; enseguida se arrepiente del fatal consuelo.) La cara borrada, sin identidad, el dolor crudo y transparente no se escribe en el espejo sin alinde, la objetividad es inobjetiva por la emoción desbordada e inasumible a la enceguecida luz de su muerte. Su ser se agota en ello, acompaña al cadáver en el olvido de la tierra, no se puede olvidar esa alma nuestra que se va con ella. Y con ella se va la vida verdadera, la vida evocada en que madre pondría orden a este acontecer falsario en base a dietas y dimes y diretes televisivos ‘e facebooks de mal diÇer’. El último de los textos de ‘Cenizas’ pronuncia: Tras la muerte “respirar y respirar como un fragor y un absurdo”.

A la que falta portada

Interrogo aquí al autor en ‘facebook’: “Al grano; moviéndome en el terreno de las ambigüedades o en el espesor de quien desconoce a los personajes del cuento, creo interpretar, en la página 37, que la madre si viniera me sacaría de la supervivencia, de las series televisivas, de las dietas y demás juegos para aplazar la muerte. En la página siguiente no sé como interpretar esos juegos de autoengaño, si como autoengaños de la madre o del hijo tras la muerte de la misma o ambas cosas. Tal vez nada fuera así, por ello quisiera asegurarme un mínimo terreno sobre el cual edificar una pared si no ya una casa y asegurarla luego contra la pretensión del enemigo.” A lo que, en un aparte de ‘facebook’, Luis Miguel Rabanal, me dice: “No deberías ir demasiado allá con esos poemas, Eloy, o al menos no buscar interpretaciones, no sé cómo decirlo. Esos textos y no la parte central y los de la última, incluso los de mi última poesía, creo que van en la misma dirección: trocear la realidad, cambiar continuamente de planos temporales. Tan pronto estoy hablando de mi madre viva como de mi madre muerta, como de mis propios problemas, como de mi pasado, como de mi presente, como de la ausencia de ella; en fin, no es fácil contarte esto. Está en el libro quiero decir…” En ‘Daños’, segunda parte del libro, volvemos al modo versal de escribir poesía. Ahí se enumeran los daños, el cuerpo marchito del hijo, parejo al consunto del de la madre; una lágrima común alumbra la muerte de la madre en el hijo, si ella viniera franca… El dolor en ‘Mambrú’ proviene de los pasajes que repudia la memoria, palabras escritas del vértigo irracional que no quiere repetir en espera de tu regreso. Esa repetición las vuelve tolerables y aminora el duelo. No debes volver, se la invoca cuando su última mirada en el rostro mío. Y ahora me verías caído, desesperanzado en la derrota, un puro dolor dicho, redicho. “Si el dolor fuera eso”…Situaciones previas a la muerte son evocadas. “En noviembre la torva / del alféizar no la podía atropar”. Luego, pero a un tiempo, el hospital, y el anticipo de lo peor, que ahora es evocación, desde unos versos de Eliot: “Ojos que no volveré a ver salvo / a las puertas del otro reino de la muerte.” Se ‘muestran encriptadas’ las referencias biográficas, fragmentos que vienen y van y emparedan una reflexión viva, encarnada. En metonimia, los acicalamientos del cadáver, recomponen la parte muerta. Se anticipa la ausencia en el ganglio centinela, una invocación que llega hasta este domingo, muy lejos de ti. Una imagen durísima, por su imposibilidad: “Quién iba a pensar / que no estaríamos juntos / para conmemorar fechas difíciles”. Téngase en cuenta que las fechas difíciles son por la ausencia de la madre. O esta otra: “…Un domingo como hoy / lejos de ti. Quién me acaricia / con bondad el pasado // como si fuera un embuste.” El dolor de la ausencia, y la celada que supone este dolor, son los temas que continuamente se cuelan en el libro. La celada no es un tema, aparece como imposibilidad en el modo argumentario, es la presencia. La ausencia y la presencia son aquí dolor, dolor puro multiplicado en cada viaje evocatorio.

En ‘La Caza’ se llega a la identificación del fantasma de la madre en el dolor del hijo, una imagen muy querida al cristianismo, solo que aquí invertida. La madre, Prometeo mal encadenado, con su dolor de bolsillo, es invocada a esta ‘unio’ de dolor, a esta conflagración de la muerte que conjura el amor y rompe la cadena. (Este dolor es insalvable, es el dolor originario de una forma de ser, tal vez de ese antes venga herido Prometeo, ya dolía antes de morir la madre. Lo que duele es la posibilidad de la muerte. Con la muerte de la madre el ‘Yo poemático’ deviene una suerte de ‘Dolorosa’ para acoger el dolor total. ¿Se trataría de una redención por la desdicha?). Hemos sabido que la grave enfermedad de la madre se le comunica por teléfono. Esto es “la gota que rebosa el ojo”, esa vez la última, antes de la separación. Las referencias ‘crísticas’ son abundantes. Cualquier objeto, cualquier suceso evoca la pérdida de aquel primer mundo, tras la puerta primera: “(…) Y gimes conmigo / a través de esas flores rosas / en las que nadie repara.” Le duele incluso que no le duela, cree en la ficción que ha hecho el dolor del dolor…En la ‘Habitación 114’ se suceden las letanías de la enfermedad irreversible. Su mirada, serán tus ojos, anticipa la soledad irremediable ya allí en plena presencia. Es curioso como el ansia de interpretación nos lleva con frecuencia al descarrío, el poema ‘Protocolo 13 dd’ me recordaba al protocolo 13 de la Convención Europea contra la Pena de Muerte, entonces leía allí una protesta volteriana contra la enfermedad que acaba con la madre. Preguntado el autor sobre este respecto, responde: “Algo mucho más banal, Eloy: 13 de diciembre, la fecha de la muerte de mi madre.” En el velatorio nadie más ha gritado, desfile de recuerdos, no hubo lágrimas y las que ahora se traga son novedosas, veo los ojos, pero no las lágrimas, “(…) Toma / mis manos y deja de enredar, / le dice (…)”, todavía la tentativa de ayuda de la madre, la dorada visión reaparece… Monsergas es el último poema de daños, “Y le cierran los ojos.” es el verso que da cierre a esta parte.

Desnevios es el título de los poemas en prosa que dan fin al libro; ya acostumbrados a las maneras de ‘Cenizas’, se nos hacen mucho más asequibles. Sí que se reconoce esa fragmentación que señala el autor, ese pasar por la aduana del tiempo donde la evocación es el hilván. La misma temática el mismo dolor, las evocaciones concretas de la infancia en donde aparece la madre, el dolor de la ausencia presentida, el dolor en la evocación de la ausencia presentida, el dolor de ahora. Pero ya desde el primer poema se da una recuperación más amable de la madre, la madre que viene con la infancia, la madre de los sabrosos recuerdos que le escribe en la escayola: “¡Dame un abrazo!”. Las palabras anheladas de despedida, tal un Swann de Proust, llegan a oírse; menos mal, cuando madre le cura la herida. ¡Qué heridas deliciosas aquellas las de infancia! En los poemas 4 y 5 se vuelve al extravío del dolor que puede perder la infancia de golpe. No, tan solo parece haberse interrumpido y no es poco:”Pareces tan triste que nadie verá en ti lo que guardas de él”. A través de la separación se da un tiempo de latencia, irreal, yacente, cabe la sombra del chopo… Ella ya solo puede estar con el niño; pero tú ya no eres ese niño, ni ella podría reconocerte ahora. Hay una decepción del adulto cuando revive algunos fragmentos de la épica de su infancia. Atisba la doblez de los adultos, dejan de ser gratuitos: Un ámbito de silencio, un mundo oscuro de vejaciones, de desprecios, de injusticias que nos abre el recuerdo. Pero al que no acuden las palabras, no lo explican. Aquellas palabras ¡No se pronuncian ya!; en ausencia de los interlocutores se olvidan, acalladas por exigencias del guión de la cultura; son las del desasosiego, la acritud, el horror que si han sido escritas no podrán ser dichas. (Tampoco podrán ser dichas las palabras dichas.) Al recuperar un tiempo anterior al sufrimiento invivible, ¿Podrá salvarse todo?: La madre, la infancia, uno mismo. El ‘yo poemático’ se resiste, viene y va del dolor a la delectación, la madre no le reconoce, pero acaricia al niño que fuiste, y ese es reconocido por ambos. Ahí el encuentro. ¿Recuperamos el niño que fuimos? Sucede y se niega continuamente en estos textos remisos a la delectación. No en vano el libro finaliza: “Besas su rostro, la madre que regresa con los calderos de agua. Al calor de la lumbre tú no te enteras si se oyen voces distintas… Se oyen voces distintas, ya digo, ruidos amables que no soy capaz de olvidar. Puertas que se abren, el amor que ni te figuras. Desnevios.” Para la primavera, cuando el hielo ablanda y destensa y se hace agua y arroyos deleitables y una extraña música de encanto… Esa palabra de Omaña, volverá a decir toda maravilla. ‘Desnevios’.

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También aquí.

En Tam-Tam Press

KARIM BENZEMA SÍ TIENE PILILA

No vayas amablemente hacia esa suave noche.
DYLAN THOMAS

Esto, que digo yo que de noche no me moveré de la garita noroeste por si se le ocurriera pasar por aquí a Estebancito a dar la murga, que para entorpecer el trabajo de rastreo del hampa y el dispendio de maría es único, follar todavía no es delito pero ya veremos cómo en unos meses, y no hablemos de mi determinación pasajera o no tan pasajera, en el ínterin, de empaparme los apuntes de Procesal para paliar la vigilancia y el estrépito porque me lavo el culo con Vernel, como coreaba constantemente el Heliodoro, el felizmente ya palmado jefe de personal en Alcañiz, que no me importaría ascender a comandante, jeje, y encima, o debajo si se ha de hablar con propiedad, está el hedor que desprende el matadero de ovejas o pollos o caniches, cualquiera sabe la dimensión de este desastre, el hijo no ignora que su padre lleva a sus espaldas un pasado como mínimo difícil, por eso lo de ganar tiempo en modo alguno seguro que vendría a ser la forma de aniquilar el empalago, o el puto estrés, de la guardia dominguera que me aguarda, un día sí y otro también, depende de las ganas de joder del maestro armero que anota en el tablón mi nombre, Jacobo mientras más grande Jacobo Jacobo más bobo, aunque podría ocurrir lo contrario, que un despiste, una cereza, le hiciese resbalar al patrón y darse un porrazo en el tobillo y pasar de baja la semana el muy culé, pero no, a seguir elaborando mentalmente listas, como gilipollas, listas de mossos anónimos que entran en la sala jurídica a estampar allí su menosprecio en forma de tú te riges por las ordenanzas de Tortosa y sanseacabó, miedica, y se marchan y se van derechitos a introducirse en su Seat León color negro noche interminable de vuelta a la familia, de vuelta a esa mujer sin rulos, hosti tú, despierta, Pujol, a lo lejos parece que se quiere intuir un movimiento sospechoso, concretamente en la calle Jardí dels Poetes, y del comisario aún nada, de vuelta al amor con Selene, presumía el lunes él, la dulce y misteriosa, la muy puta, en fin, que a veces me da por prevaricar, aquel de la derecha es Saúl Carrasco, el de los coches de choque de las tragaperras de las pipas de los pases nocturnos de nocturna lencería, y a su lado el Pep Alonso, el armador de relojes de enorme precisión, lo peor es que de noche la vista se cansa de mirarse a uno mismo porque me lavo el culo con Mirinda, como repetía constantemente Juan Carlos, el recadero del periódico incivil donde a diario se hacía mención del fútbol con chocolatinas y cigalas dado que nuestro fútbol es impracticable, entre tanto en Mercantil hay problemas insolubles y es que yo fui siempre amigo de calculadoras y de Legos, rociador de la realidad con sprays de fresa que jamás se terminaba, en el pasillo de atrás un hombre fortachón gesticula y de soslayo se lleva las manos hacia el medio, no hay armas como las armas del Yuan, relucientes afiladas sin estigmas, en cambio Antoine no me deja ni a sol ni a sombra, me devuelve los prismáticos y se dispara al cubalibre de JB como si nunca hubiese visto un ascensor sanguinolento, las pruebas imaginadas del delito, huellas recicladas para concluir estos informes de locos de remate, he aquí las carantoñas del quinto espadachín de Skyler Muns que yace en su dormitorio igual que una célebre ensayista de comedias en los bares, quiero pensar que hoy no nos vamos sin cotejar la estratagema del agrimensor, el del cohecho, y sin querer en el campo nou la pulga se deshace de unos y de otros y reparte las asistencias necesarias, no me jodas, aquello no es lo que tú crees, se distingue bien el cabello revuelto de una dama muy bien aprovechada, no me jodas, M. Paredes se abre paso entre esa multitud de borrachos acicalados, contempla su porte altivo, filiación, el domicilio no es el correcto domicilio, la violencia no viene al caso en actuaciones semejantes, no me jodas, la serenidad tampoco es la línea a seguir después del forcejeo de Paula y de Saúl, Leo es extraordinario, de noche las historias son historias azules que se dilatan sin consenso, aquellas pisadas del sanador en la moqueta de A., los mocos esparcidos las pulseras esparcidas los sesos esparcidos, y una nueva imaginaria para el lunes en el Museo Romano number 13 de la ciudad, el señor Argenta vestirá casco sin penacho o como se llame lo de arriba, yo la falda esa ni pensarlo, o sea que el estudio convenido tampoco será muy razonable porque me lavo el culo con Bilore, como mareaba constantemente Abelardo, el cónsul honorario aquel de los tapujos especialista en trueques y marcas del Tirol o de Tasmania, no importa no importa, en cuanto deje la pistola en la taquilla me voy a emborrachar con brío a lo de Blanca, ojo, que el Land Rover se mueve a las tres y cuarto, coño con el horario posicional de los cojones, Rambla Nova adelante, a ver si sabemos respaldar al colega de una vez, Bartomeus, la diferencia entre el ser y el estar es harto afortunada, que ya lo dejó escrito en la pizarra el presidente del gobierno autónomo, allí en el parque la noche es menos noche, menuda vigilancia, fútbol es fútbol ahora y siempre y viene a cambiar los neumáticos de invierno el chico que leía demasiado debido a que nos espera una persona modificada prolijamente entretenida, el peligro es de color rojo pasión, aquí me las den todas, a dormir y que luego de una cabezada a lo lejos no haya nada que temer, Jaume Vidal, ocúpate tú de la grabación hasta que, a lo lejos precisamente se oye un fondo marino que da gusto, cosa de sirenas preciosas que se suben a las rodillas del fulano para intercambiar sobre ellas la información que jamás manejaremos, las malas artes de mirar al otro descalabrarse a conciencia porque me lavo el culo con Red Bull, como insistía constantemente la Brigitte, la ex compañera de Brecht el alemán, el malo, parece buena gente, no da una al derecho, no tiene pilila, mejor, mañana más.

(El Brequin Vaz de Tarragona)

© Luis Miguel Rabanal 2014

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Gracias, Eloísa.

 

Música para torpes en Trianarts

Portada Música para torpes

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PEQUEÑA MENTIRA

Maldita memoria.
Tenía que pasar alguna vez, que los que un día
fueron algo nuestro nos reciben ahora
con pereza, nos recitan batallas
que sabemos que no ganaron nunca,
si bien su sangre se esparcía
en las fuentes de sal de los caminos.
Es el lugar aborrecible del recuerdo,
te quita la venda de los ojos, la más escrupulosa,
la que te puso el hermoso navegante
aquella tarde de marzo.
Uno se apiada de nuevo y suda
al discutir, se seca la lluvia que arrojó el ñubero
con sorna, te puedo
prometer caricias dilatadas.
Nadie interrumpe cuando te sorprende el espasmo,
estallan las horas como un tren de juguete
y te miras allí donde duele tanto mirarse.
Eso, maldita memoria.
Porque si no fuese por ella te tirarían
cuchillos a la espalda ya inerte,
sacarían tu cuerpo a pasear por la playa
más hermosa,
como cuando erais jóvenes y el pequeño
se apostaba a esperar detrás de los helados.
No sabes qué ocurre
y sucumbes tan bien desde tu despropósito,
es el deseo que camina a tu lado
con zapatos de tacón
y un lento perfume de calesas.
No nos queda más remedio que juntar
las palabras, hacer que se saquen la lengua
en el recreo, mandarles que callen.

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Gracias, Concha.

Félix Grande

RECUERDO DE INFANCIA

Hoy el periódico traía sangre igual que de costumbre
venía chorreando como la tráquea de un ternero sacrificado
he visto chotos cabras vacas durante su degüello
bajo el agujero del cuello una orza se va llenando de sangre
los animales se contraen en sacudidas cada vez más nimias
de pronto ya no respiran por la nariz ni por la boca
sino por la abertura que la navaja hizo en la tráquea
en la cual aparecen burbujas a cada nueva respiración
a menudo parece que están completamente muertos
y no obstante aún se agitan una o dos veces suavemente
ahora sus ojos ya no miran tienen como una niebla
un teloncillo de color indeterminado que recuerda al ceniza
entonces el carnicero se incorpora con las manos manchadas
y procede a desollar y trocear al animal cadáver
para después pesarlo venderlo en porciones hacer su negocio

hoy el periódico traía sangre lo mismo que otros días
acaso unos cuantos estertores más que de hábito
pero cómo saberlo hay países que no especifican
por ejemplo el departamento de estado no da las cifras de sus bajas
únicamente les agrega apellidos
bajas insignificantes bajas ligeras bajas moderadas

hoy el periódico traía sangre en volumen considerable
y mientras leo pacientemente civilizadamente el intento
de justificación de esos destrozos escrito de sutil manera
recuerdo vacas cabras chotos la gran orza en el suelo
y recuerdo imagino pienso que unos cuantos carniceros
continúan desollando troceando pesando en sus básculas
haciendo su negocio mediante esos pobres animales sacrificados.

Blanco Spirituals, 1966
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De “Biografía. Poesía completa (1958-1984)”, Anthropos, Barcelona 1986

Saludos para A. M.

Donde el dolor guarece su breve música
como un lamento que se dice al pasar la noche.
Muchachas abrazándose a sus libros
para proteger del amor mejor sus pechos,
o sombras reunidas en el callejón oscuro
en el que vive la ciudad el sueño tan mezquino.
Allí encontró la ventura de hallar
un cuerpo en todo al suyo semejante,
con catorce granos en la cara
y el callado perfume que llevarse a la boca
para morir por ella en un descuido
en la última fila del Condado, o en el paseo
sin los grises guardias que miraran.
Y terminó un día el estío con tormenta,
y él no estaba más besándole en los ojos
a la espera del clamor, una forma triste
de acabar con el amor verdaderamente eterno.
Calles dormidas aún que regaban los hombres
disfrazados, y poemas celebrando los muslos
muy abiertos y la frialdad de las putas.
Nadie vio alejarse su cuerpo empapado,
sin norte y sin sus besos que eran el cariño
que dio, mas lo retuvo un instante tan corto,
una loca noche y disfrutada sin nada querer.
A veces la recuerda y se sonríe.

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